Monday, November 21, 2011

Críticas Festival Iberoamericano 2011

Aquí entre nos. Méjico/2010 – 95′

Directora: Patricia Martínez de Velasco
Guión: Patricia Martínez de Velasco
Montaje: Óscar Figueroa Jara
Fotografía: Paula Huidobro
Música: Víctor Hernández Stumpfhauser
Directora de Arte: Sandra Solares
Intérpretes: Jesús Ochoa, Carmen Beato, Diana García, Giovanna Fuentes, Camila Risser

 Una cuidada comedia

A los pocos fotogramas Patricia Martínez de Velasco, directora y guionista, te introduce en la familia Guerra como si fueras uno más. Lo hace con suavidad además, sin estridencias, con la misma delicadeza con la que en general trata una película de buena factura, aseadita y muy pensada. Una comedia trufada de drama, como no puede ser de otra manera si se quiere hacer comedia, que es género difícil de interpretar y también de realizar. Una comedia en apariencia amable, pero con las dificultades que, inconscientemente, vamos construyéndonos en la vida. En cualquier vida, en esta de los Guerra, la familia a la que Martínez de Velasco nos invita a conocer, también.

Los intérpretes se ven cómodos, reflejando una buena dirección de actores que habría que sumar a la impecable realización de esta que dicen es debutante en el largometraje. Después, cuando te acercas a su currículo te das cuenta de que es su primera película pero hay mucha experiencia detrás.

Dramas aparte, que la historia te deja saber que se solucionarán a medida que avance el metraje, el tono de comedia campea a sus anchas en una cinta con un notable ritmo cromático, con una sabia elección de planos en cada momento, hasta el punto de que te sientas y te dejas llevar por la historia, por los personajes a los que, como hacíamos notar en la primera línea, se te hacen familiares, cercanos. Otro logro de la realizadora, que sabe hacer cine. Muy mejicano, por cierto, emparentado con el de algunos realizadores que de don Luís Alcoriza para acá han sabido mantener un nivel fílmico en el país azteca en tiempos de bonanza, cuando se demandaba cine latino a porillo, o incluso ahora, en estos tiempos en que la industria norteamericana no domina, sino que reina en solitario en las salas españolas y, por lo que nos cuentan, de toda Iberoamerica. Es lo que hay. Nosotros en todo caso, continuaremos formándonos allí, en los mismísimos Estados Unidos de la parte norte de América, para hacer cine con sabor y con acento latino. Ya les digo, es lo que hay y además, somos como somos. De la historia no les voy a contar nada para que la disfruten ustedes esta tarde en el último pase que le resta de los tres que tiene en este festival. En el Gran Teatro a las ocho y media de la tarde. Buena hora para ver una película divertida, que te llega y que te resulta altamente esperanzadora, porque a fin de cuentas, cuando la ves te das cuenta de que tu vida, como la de los Guerra, se puede complicar todo lo que queramos, pero que los problemas, si queremos, lógicamente, también se pueden arreglar. No doy ni un detalle más. Vayan a verla. Una buena peli para empezar el festival.

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Saturday, May 12, 2012

Detalles y otros brillos de Rocío Márquez

El viernes la Peña Flamenca de Huelva recibía a una de sus antiguas alumnas que anda ya con carrera encauzada en esto tan complicado del cante. Rocío Márquez tuvo el detalle de volver a su casa y estar con los suyos, con quienes empezó a cantiñear en la planta alta, donde recordaba un pizarrón en el que la tiza anunciaba los estilos de fandangos a los que tocaba acercarse cada semana. La cantaora se emocionó en una noche que estuvo plagada de recuerdos y de ausencias, como la de uno de los flamencos de más tronío de esta provincia, Rafael Jurado, al que sus íntimos vislumbraban aún esa noche de recuerdos en los cielos de la Huelva. Un minuto de silencio por su alma pidió Eduardo Garrocho. Un minuto, lo que dura un fandango bien cantao. Luego Rocío Márquez se acordaría también del Málaga y de todos aquellos que de forma más directa le ayudaron en sus inicios, a pie del pizarrón con una lista que empezaba por Encinasola y seguía por Almonaster, El Cerro, Calañas, Valverde, Alosno y así hasta Rengel y el Comía, Rebollo y Paco Isidro, el Toronjo y Toscano, otro que se nos fue hace bien poco y que le dio un acento personal a todos los estilos de fandangos que él conocía y entendía como nadie. En la sala estaban Mario Garrido y Ángel Romero, que se llenarían de orgullo cuando Rocío, la niña aquella a la que notaron una hermosa voz cuando no levantaba dos palmos del suelo, les nombraba y agradecía un tiempo que la cantaora guarda en los adentros.

Venía dispuesta a relatarnos lo que hoy es el nombre de Rocío Márquez en el flamenco más actual. Para eso se quiso acompañar de un guitarrista excepcional, de un artista llamado Manuel Herrera que cada vez que aparece por esta ciudad es para dejarnos el buen sabor de su gusto exquisito con las seis cuerdas, su toque certero, clásico y ajustado a la escuela sevillana de la que es hoy inmejorable y fiel representante.
Traer a Manuel Herrera fue un detalle de buen gusto de la cantaora de Huelva, como lo fue la manera y la cercanía con que se encajó en un espacio que sigue sintiendo como propio, y en realidad todas y cada una de las palabras sinceras del diálogo íntimo que estableció, desde un primer momento con el público. El resto de detalles los dejó sobre el escenario, gustándose y gustando en cada uno de los palos que interpretó; rompiendo todos los corazones cuando se arrimó, más aún, al público para lejos del micrófono cantarles por Huelva con esa voz que tanta riqueza cromática guarda, que es pura melodía y fuerza, sensibilidad y emoción.
Por Málaga principió su actuación Rocío Márquez en una Peña Flamenca donde era complicado encontrar un hueco; llena como hacía tiempo no se veía la sala principal de la institución flamenca. Luego se gustó en unos cantes de ida y vuelta con los que nos llevó a una Habana lejana en el tiempo y en las costumbres; y después a los madriles de los que Chacón cantaba por caracoles el ir y venir de los andaluces; y nos regaló unos cantes mineros que siempre lleva en su repertorio desde que se vino de la Unión con la lámpara minera metida en la maleta. Tangos, el conocido cuplé por bulerías que pretende llevar al artista a otros tiempos. Otros tiempos que no volverán por mucho que se quiera dar a cambio. Otros tiempos que sobrevolaron la vuelta a casa de Rocío Márquez, una cantaora que ahora, en estos tiempos de ahora, tinta en letras grandes los carteles de los mejores teatros y auditorios. Cerró por Huelva, como no podía ser de otra manera, metiéndose en el bolsillo a sus paisanos, a una concurrencia que cumplió a la perfección la liturgia de recibir y reconocer a una de las suyas, a una niña que se fue queriendo ser artista, con una maleta con cuatro letras y una voz preciosa, y que ahora vuelve con un baúl que cada vez que la vemos cantar es más amplio, más serio y más certero. Esta niña, la nieta de Márquez, vale mucho. De pie, puso a la Peña el viernes, de pie y tocándole las palmas por Huelva. A la entrega de la cantaora, no se la pudo recibir de otro modo que cantando eso de Huelva, Huelva, Huelva.

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Tuesday, October 18, 2011

Un Rolls y Carlos Marx

Un conocido joyero acaba de presentar una nueva serie por él creada para la casa Rolls Royce. Ha sido a las puertas de su exclusivo establecimiento en Beverly Hills.

Los fabricantes alemanes de la prestigiosa firma de autos de lujo que antes fuera británica, se frotan las manos: cada día hay más mil millonarios en el mundo dispuestos a conducir una de estas joyas que alcanzan precios lejos del alcance del común de los mortales. Ninguno de estos automóviles, ni los más económicos, baja del cuarto de millón de euros, quiere decirse cuarenta y tantos millones de las antiguas pesetas.

Los cálculos de la empresa alemana BMW, actual propietaria de la casa Rolls, pasan por una estimación de lo más reveladora, en esta década de penurias generalizadas, de hambrunas y barbaridades que nos atragantan el telediario de las tres, el número de mil millonarios pasará de 90.000 a 125.000 en todo el mundo. Y España, como saben, también está en el mundo.

Al final, don Carlos Marx va a terminar teniendo hasta razón. La riqueza se concentra en pocas manos y a las clases trabajadoras, a los proletarios del mundo uníos por el amor de Dios, no le va a quedar otra que echarse a la calle, conformar soviets por todos lados y armar la marimorena. No va a quedar otra.

Es el caso de un proletario que conocí en otros tiempos mejores. Fuerte, alto y guaperas, dejó la Secundaria para aprender el oficio de encofrador. Con veinte recién cumplidos, me invitaba a gintonics y reía a mandíbula batiente con el paquete de tabaco sobre la barra del pub y las brillantes llaves de su BMW encima. Se reía de mis ocurrencias. Estás majara, me decía. Y lo que yo decía, o le confesaba más bien, era que en mi puñetera vida podría, con un sueldo de profesor de instituto, aspirar siquiera a tener un coche como el suyo. Es más, afirmaba servidor con conocimiento de causa que en toda mi existencia, así viviera mil años, no podría dejar en los concesionarios automovilísticos de Huelva y provincia la friolera de duros que él se había gastado en un solo coche, por muchos que yo me comprara. Pero ya lo ven, esto de los coches cuanto más caros mejor, parece que es como es y va a seguir siendo. Los nuevos mil millonarios, quienes controlan las empresas que hoy parten la pana porque están o son cercanos al poder, de aquí y de acullá, optan por comprarse un Rolls. Con dos cojones.

El otro día me encontré con el del BMW. Al verle se me hizo la boca agua pensando en un gintonic de gañote. Pero, no.

Venía de un curso que está haciendo porque le dan un dinero que necesita para sobrevivir. El coche lo sigue teniendo, está en la puerta de su casa, con una avería que le cuesta un dineral y a cuya factura no puede hacer frente. Lleva dos años en el paro y no encuentra quién le dé dos duros por el coche, que tiene ya siete años y un rozón en el lateral. Nos fuimos a la taberna de Antonio el Mulo, le invité a una caña y don Antonio tuvo la gentileza de ponernos unos chochos por delante. Intenté explicarle lo de la lucha de clases y toda esa película de Engels y Marx, pero no estaba por la labor. Anda deprimido el hombre. Se le iba la mirada a la pared de la taberna, a un banderín del Athletic de Bilbao y a un almanaque de una casa de neumáticos con una chavala imponente en sujetador y enseñando de soslayo el culete. No me escuchaba. Pero esto se arreglará, decía, vendo el BMW y me compro un Audi, me gustan más.

Es un triunfador. Yo, un pringao con nómina y la amenaza de que nos van a bajar de nuevo el sueldo en cuantíto pasen las próximas elecciones autonómicas. La hipoteca, este año, me ha vuelto a subir.

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Recesión

Estamos otra vez en recesión. Eso dicen. El crecimiento económico en España vuelve a ser negativo y eso se traduce en más paro, que es la única manera que termina resultando en un sistema caduco que algunos andan pidiendo a gritos que se cambie.

Mil y pico de personas en Huelva, o cuatro mil según los organizadores, y cifras similares si se ponderan con la población total en otras capitales de provincia andaluza. Poca gente, ya lo ven. En Huelva ni el uno por mil de la población, según la policía, más o menos como en otras concentraciones celebradas en el día de ayer. A las urnas el veinte de noviembre acudirán más, muchos más. Siete de cada diez o algo así. Más, muchos más que este uno por mil que asegura ser la democracia real, los representantes de todos los ciudadanos. Es evidente que hay que cambiar un sistema económico dominado por los grandes capitales, por la banca, las eléctricas y las nuevas empresas que los viejos empresarios han creado al socaire del auge de las tecnologías de la información y la comunicación. Hay que cambiar el sistema económico, pero el sistema político este que nos asegura y garantiza algo tan sagrado como eso de un hombre un voto, no.

Telépolis, la sociedad que viene, incluirá en su censo demográfico cifras superiores al veinte por ciento de personas en situación de paro congénito: mamado en casa. Uno de cada cinco ciudadanos no alcanzará una formación mínima para competir con garantías en las listas del paro. Serán parados de por vida. Al margen de ese veinte por ciento, o más, de parados sin esperanza alguna, habrá una cifra superior de ciudadanos que podrán alternar periodos de paro con otros en el currelo. Estos sobrevivirán algo mejor, pero no mucho mejor que los anteriores, que tendrán en un televisor vomitando partidos de fútbol y famosos discutiendo a lapos, un buen modo de entretenerse. Televisor, cerveza y porros. Eso es lo que les va a quedar a esos muchos ciudadanos de una sociedad enferma como la de esta Telépolis que se está terminando de construir, de definir, en estos procelosos años que vivimos.

Y mientras el futuro se modela de esta curiosa manera, con el desprecio al débil por bandera, los indignados de medio mundo salen a la calle vaticinando lo que se está cociendo a sus espaldas, en esas reuniones de gente importante en la que se codean Clinton y la reina de España, Bill Gates y el presidente del Real Madrid. Allí se está definiendo lo que viene, y lo que viene recuerda demasiado a los primeros siglos de nuestra era, a una Roma entregada a la molicie y a la violencia por igual, a un imperio que no resistió al primer contratiempo serio con el que se enfrentó: un gradual enfriamiento global de las temperaturas que trastocó el sistema económico, de base rural, entonces imperante.

Piensan los teóricos que Telépolis, la nueva sociedad global dominada por las tecnologías de la información y la comunicación, funcionará. Puede. Pero también puede que no, que esto sólo sea un sueño de quienes ahora todo lo tienen y cada día tienen más. A lo mejor el sistema económico no terminará de encajar todas sus piezas si la mitad, o más de la mitad, de la población no va a tener capacidad de consumo suficiente como para mantenerlo. Existe una posibilidad, aunque sea una, de que el sistema económico se termine de derrumbar. Este sistema injusto en el que los ciudadanos del primer mundo son cada día más pobres mientras una minoría cada vez es más rica, este sistema económico que fuerza a los pobres de los países pobres, a aventurarse a pie por el desierto o a cruzar el mar en una patera. Desesperados. No, creo que las previsiones de los sabios y los millonarios que andan definiendo la futura o no tan futura Telépolis, no van a terminar cumpliéndose. Puede que todo esto explote.

De momento España está de nuevo en recesión y Alemania, la joya de la corona de la Unión Europea, está al borde del crecimiento cero. Ni la máquina funciona, ni los vagones marchan como debían marchar. Esto, si las ideas, que no el número, de los antiglobalización, de los antisistema y todos los demás, no se tienen en cuenta, tarde o temprano, va a explotar. Y en la explosión, como cuando Odoacro saqueó a placer Roma, no sólo cayeron los pobres. Los ricos, también.

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Temporada Gran Teatro (críticas)

En estos tiempos

UN EXTRAÑO ENCUENTRO, de Lionel Goldstein en versión de Ángel F. Montesinos. Dirección: Ángel F. Montesinos. Intérpretes: Fernando Conde y Juan Gea.

El oso polar en su periodo de hibernación puede llegar a perder hasta el 30% de su grasa corporal. Para ello es necesario hacer un enorme acopio de grasas mediante una alimentación desmedida en los meses previos a un tiempo en que la torpeza de sus miembros y una somnolencia extrema les conduce irremisiblemente a un cubil en el que pueden pasar tres meses o más. Sin acción.

Se trata de no menearse en absoluto con objeto de gastar lo mínimamente necesario para seguir adelante durante un tiempo en que haber o no hay o lo hay pero en cantidades paupérrimas. El viernes en el Gran Teatro pasaron por taquilla apenas centenar y medio de personas. Pocas, muy pocas para lo que fue el recinto teatral de la calle Vázquez López en otro tiempo, en aquellos gozosos días en que éramos nuevos ricos y adoptábamos costumbres burguesas y de buena nota a todo trapo. Ir al teatro e incluso a la ópera. La reoca.

Ahora toca gastar la grasa acumulada, vivir de los treinta kilos diarios de carne de foca que consumíamos en los buenos tiempos. Y aseguran los analistas que para el año que viene y para el siguiente también, va a seguir tocando esto tan aburrido de la hibernación. En “Un extraño encuentro” la escenografía se completa con un tapiz de hierba artificial y un paraíso sobre el que se proyectan las sombras de unos árboles recortadas en azul celeste primero y en rojo atardecer después. Sólo eso. Una mesa, un banco, tres sillas y una tumba de polispán como utillaje de escena sobran para representar la poco atrevida obrita de Lionel Goldstein, un autor londinense que sabe lo que es hacer malabares para satisfacer los esmirriados presupuestos de una cadena de televisión. En teatro, supo hacer lo mismo.

Para sobrevivir en estos tiempos, Montesinos, capacitado director teatral, ha rebuscado en la biobibliografía del autor judío hasta dar con lo que buscaba, un texto poco exigente que permita sobrevivir con lo mínimo, con una proyección de diapositivas y un trozo de césped artificial Sobre el escenario, dos actores con muchas tablas que fueron capaces de sobreponerse a esta que parece no va a ser muy pasajera adversidad. Jodidos tiempos.

La obra está escrita en otros tiempos, en los del picú y el guateque en la azotea de Merceditas, por lo que no se corresponde ni parece apropiado con estos tiempos en que las relaciones afectivas, el sexo y la vida de pareja son tan distintas y distantes de aquellas que tuvieron como banda sonora al Trío Calaveras y como estimulante al ginfizz. Pasar más de hora y media atendiendo a las cuitas de un judío viudo y el amigo de su difunta señora esposa que besaba su mano enguantada, pueden hacerte caer en un estado de somnolencia tal que el del oso polar, hasta el punto que las pequeñas vueltas de tuerca que pueden animar trama y función pasan desapercibidas o, a las alturas en que llegan, con la atención más en el reloj que en el escenario, llegan tarde y frías, frías como esas tardes invernales en las que el oso, torpe y cansado busca un agujero en el que poder pasar el tirón. Y el tirón, ya lo saben, va a durar. Lo que nos queda en el Gran Teatro de aquí a no se sabe cuándo, serán monólogos a una voz o, como mucho, a dos. Malos tiempos, jodidos tiempos.

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Monday, August 29, 2011

Críticas Festival Niebla

Lecciones para el recuerdo

 LA VIOLACIÓN DE LUCRECIA, poema de William Shakespeare traducido por José Luís Rivas Vélez. Dirección: Miguel del Arco. Escenografía y vestuario: Ikerne Giménez. Iluminación: Juanjo Llorens. Creación sonora y diseño: Sandra Vicente. Intérprete: Nuria Espert.

 En una sociedad ahíta de información como esta de hoy mismo, va a ser complicado construir un mito como este que es Nuria Espert. Una persona culta, formada en todos los aspectos, incluido el de la interpretación, como demostró ayer sábado en Niebla, dedicada al teatro en cuerpo y alma, tocada además por los mismísimos héroes, no se va a encontrar fácilmente en este marasmo infinito que es hoy la oferta cultural amplia y diversa, un muestrario en el que sobresale, y sobresalir se debe traducir en minutos de aparición en televisión, la mediocridad, o simple, lo que puede llegar a mientras más personas, mejor. Este es el panorama.

Resulta evidente que difícil o imposible, a elegir, será el hecho de que volvamos a toparnos con una actriz como Nuria Espert, toda una referencia del teatro español que a estas edades doradas y cuando se le modelan piezas como este poema de Shakespeare, responde con toda una lección de teatro. Se nos viene a la cabeza que muchos jóvenes que se acercan a un teatro y tienen la inmensa fortuna de encontrarse de frente, sobre el escenario, a esta inmensa actriz, tendrán algo que contarle a sus nietos: “yo vi a Nuria Espert”.

En La Violación de Lucrecia, ha contado con un texto fiel al original que ha tenido a un acertado Miguel del Arco para dirigirlo. La escenografía, mínima pero rotunda, con el acertado utillaje y vestuario a mano de la actriz, no ha podido mejor. Una iluminación magistral han conseguido hacer de los ochenta minutos que dura la obra un hermoso momento para disfrutarlo en toda su dimensión. Quizás en la primera mitad se deberían de haber tenido en cuenta algunos momentos de silencio, cubiertos por efectos sonoros y por movimientos de la actriz en la escena. Puede. Pero es cierto que el tiempo se pasa volando y en la última media hora con el espectador en absoluta tensión. No se oía una mosca.

La Espert, como es natural, estuvo a su nivel, siendo, suponemos que aposta, algo histriónica cuándo la acción lo demandaba. Hay que tener en cuenta que de representar a una actriz que ensaya una obra se trata. Una actriz que nos regala todos los papeles de este segundo poema conocido de Shakespeare, en el que recrea la fundación de la república romana y el fin de la monarquía y con ella de los tarquinos, desterrados ya para siempre de aquellas tierras y de aquella joven república que todavía hoy, pasados tantísimos siglos, nos sigue asombrando. Es pues Espert, el lascivo Tarquino y es la hermosa Lucrecia, pero también el fiel y noble Bruto, un simple mensajero o el desventurado Colatino. Todos los papeles y todos los registros, con una habilidad depurada en pasar de la narración a la interpretación. Como decíamos, toda una actriz. Una delicia.

Dejo para el postre lo más importante: Nuria Espert, convence. Te cuenta y te convence, te mete en la historia y sientes la desventura y la ambición, la infamia y la desolación. Cuenta la actriz y el espectador recoge todo lo que ella va narrando, que son experiencias y drama, que son una historia contada a la luz de unos focos con un auditorio delante entregado, ávido de ver y entender lo que es una interpretación. Dama de la escena, gloria del teatro español de todos los tiempos, mucho nos tememos que deberán pasar muchos años, al menos hasta que este torbellino informativo se calme, para que se pueda volver a construir un fenómeno como este, como esta Nuria Espert que algunos, cuando sean mayores, podrán contar a sus nietos que vieron y sintieron sobre un escenario allí, delante de ellos. De esto, el teatro, trata.

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Monday, August 22, 2011

Críticas Festival Teatro Niebla

Plenitud

MACBETH, de Shakespeare. Versión y dirección: Helena Pimenta. Producción: Ur Teatro. Escenografía y dirección audiovisuales: José Tomé. Diseño Auriovisuales: Emilio Valenzuela y Eduardo Moreno. Vestuario: Alejandro Andújar Iluminación: Felipe Ramos. Dirección musical: Iñaki Salvador. Dirección coro: Juan Pablo de Juan. Interpretación coral: Coro de Voces Graves de Madrid. Intérpretes: José Tomé, Pepa Pedroche, Óscar Sánchez Zafra, Javier Hernández Simón, Tito Asorey, Belén de Santiago y Anabel Maurín.

Cualquier autor teatral de tiempos pretéritos habría soñado con una escenografía como esta que nos propone Ur Teatro para dar forma al Macbeth de Helena Pimenta. Un director teatral, también. La posibilidad de utilizar el paraíso para abrir puertas y trincheras imposibles, telones intermedios para introducir a todos los actores que se pudieren antojar, o soñar en esa pantalla vuelos de brujas y galopes de caballos, son un dulce difícil de rechazar.

Muchas veces antes habíamos visto ya, como es natural, la utilización de técnicas audiovisuales en el teatro. A veces han sido auténticos pegotes, mal diseñados y peor puestos en escena, otras, por lo general y salvo en contadas ocasiones, introducción de videos demasiado forzados y bruscos, chirriantes. Nunca antes, o muy excepcionalmente, con esta profundidad y acierto, con tan exacta naturalidad y ello a pesar de mínimos desfases que no dejan de hacer de este montaje todo un espectáculo teatral.

El teatro gana con esta manera de entenderlo, de adaptarlo a la realidad que vivimos, a este mundo transformado por las tecnologías de la información y la comunicación, alterado hasta sus cimientos y hasta el punto de que vivimos ahora una crisis que trata de resolver los ajustes necesarios para adaptar el sistema económico a la nueva realidad. Este Macbeth de Ur Teatro, que es la última dirección de Helena Pimenta antes de hacerse cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, es un buen ejemplo de todo ello. Las técnicas empleadas permiten la incorporación de un buen número de actores a la acción, la duplicidad del coro o la utilización de un animal sobre el escenario. El ahorro económico y el menor esfuerzo en la puesta en escena, lo podríamos trasladar a lo que está ocurriendo en empresas y administración, que no necesitan tanto personal ni tanto esfuerzo económico para producir no ya lo mismo, sino más. Más y mejor.

En la realidad económica nuestra de cada día, todo esto se ha materializado en un significativo aumento del paro, que ya no volverá a ser lo que era, porque la ambición humana, tan fielmente reflejada en este Macbeth atormentado por su propia ignominia, es incapaz de mirar con amplitud la solución de los problemas. Ningún empresario, ni un sólo político al uso, es capaz de entender que la incorporación de nuevas tecnologías debe beneficiar a todos y no sólo a unos pocos privilegiados. Shakespeare quizá fuera uno de los autores que habría soñado ver a sus brujas volar por el escenario, introducir a medio centenar de actores en la escena del banquete en el palacio de los Macbeth, con unos costes ridículos y con un esfuerzo menor. El autor inglés probablemente habría imaginado en algún momento que su teatro, con el tiempo y gracias al innegable e inevitable progreso de la humanidad, alcanzaría toda su plenitud sobre los escenarios. También le habría gustado sospechar al menos que algún día la ambición humana, el error, no sería mayoritario e imposible de vencer, como argumentaba el hijo de Macduff ante la desesperación de su madre. Esta actualización y revitalización del clásico shakesperiano viene a decirnos que nunca antes los canallas fueron tan pocos y tan conocidos como ahora. En esto, las nuevas tecnologías puede que nos estén ayudando ya, también, a progresar y a mejorar las relaciones entre los hombres, a redistribuir el trabajo, la riqueza y a ser mejores los unos con los otros, esa vieja aspiración de la humanidad. Al fin y al cabo, como sostenía Gandhi y vulgarizaba mi difunto padre, haber hay, lo que pasa es que está muy mal repartío. En esas andamos. Ur Teatro y la Pimenta, lo saben.

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Sunday, August 14, 2011

Críticas teatrales. Niebla 2011

FESTIVAL DE TEATRO Y DANZA CASTILLO DE NIEBLA. 2011

Un divertimento metateatral

EL AMOR ENAMORADO, de Lope de Vega en versión de Álvaro Lizarrondo. Dirección: Fefa Noia. Producción: La Caimana. Escenografía: Silvia de Marta. Vestuario: Alejandro Andújar y Ana López Cobos. Iluminación: Manuel Fuster. Sonido: Javier Almela. Intérpretes: Mónica Buiza, Rebeca Hernando, Andrea Soto, Álvaro Lizarrondo, Silvia Nieva, Sancho Ruíz y Alejandro Saá.

Como todo hijo de vecino, Lope de Vega tuvo que escribir mucho y además diverso para poder alcanzar un desahogo económico suficiente que le permitiera disfrutar, entre otras cosas relativas al buen vivir, del amor, ese ansia por todos compartida. El Fénix se las ingenió como pocos para tener material a punto para unos y para otros, para todos los públicos; por lo que igual le ofrecía a la plebe una hilarante comedia de capa y espada, que a la corte una de amoríos bien trufada de héroes, dioses, forestas, pastores y riberas por las que al fluir del agua cristalina acuden ciervos y sierpes. También Cupido, que en esta imposible hoy de representar comedia de El Amor Enamorado, se hiere a sí mismo después de asaetear a todo bicho viviente.

Sobre semejante presupuesto, la compañía La Caimana construye su particular montaje teatral. Divertido y bien representado, sobrado en un decorado a juego con la intención y una selección musical que va de perlas. Hasta la iluminación y los efectos sonoros, a cargo éstos del fenomenal grupo de actores, consiguen atrapar a un espectador que debe estar muy atento y metido en la obra para disfrutarla plenamente. Es metateatro, teatro dentro del teatro (el barroco, curiosamente, lo utilizó con frecuencia), un discurso planteado con suma pericia por la sagaz Fefa Noia en la dirección, y por el también actor Álvaro Lizarrondo, responsable del texto último que con sus compañeros de La Caimana han subido a escena.

Se antoja complejo seguir, prácticamente con la sola ayuda de gestos y entonación, las vicisitudes de un grupo de antiguos alumnos, componentes del grupo de teatro del Instituto en el que estuvieron estudiando quince años atrás y que se vuelven a reunir para mostranos qué fue de sus vidas, de sus relaciones después de tantos años, que es decir volver a recordar cómo fueron aquellos años, qué amores fructificaron y cuáles se frustraron, qué queda hoy y qué podrá pasar después de este nuevo encuentro, para unos, y desencuentro, para otros. Resulta difícil cuando además sobre esta narración se superpone el texto – por cierto un verso muy bien dicho, a pesar de la burla que se traen entre manos actores y directora – de una obra de Lope destinada a ser representada en la Corte, que sólo se puede digerir, hoy, de esta manera en que La Caimana la ha planteado. Una de las cosas más divertidas de la noche, por cierto, fue comprobar como algunos espectadores, pensando que de una comedia clásica de Lope de Vega (y Carpio) iba la historia, no pudieron entender ni resistir la entretenida obra y se fueron aburridos antes de terminar la función. Esto es más metateatro todavía, un último recurso escénico que se planteó en la noche del sábado en Niebla, en un festival que con obras como esta demuestra estar a la altura de las circunstancias, como demuestra desde hace años el pundonoroso equipo de la Diputación, que nos está volviendo a demostrar que, tal como ocurre con La Caimana, son gente de teatro, entregada al teatro y enamorada del teatro.

Ni nos atrevemos a comentar los aspectos puramente interpretativos porque todos, sin excepción brillan en sus respectivos papeles. Quizás sí deberíamos citar la sonrisa de Andrea Soto, una hermosa joven que estuvo interpretando, y muy bien, absolutamente toda la hora y media larga que dura la función; pero esto nos obligaría a citar también a un Cupido (Alejandro Saá) que hace de la comedia un arte; o a un Sancho Ruíz que es todo potencia y convicción en el verso y en la acción; a una Mónica Buiza elegante y segura en todos sus movimientos; al rotundo Álvaro Lizarrondo; a una Rebeca Hernando que demuestra ser actriz hasta mascando chicle mientras espera entre unas bien visibles bambalinas; o a ese pedazo de actriz que es Silvia Nieva, que no cesó de decirnos en ningún momento que estábamos presenciando una buena comedia. ¡Y vaya comedia!

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Críticas teatrales. Niebla 2011

FESTIVAL DE TEATRO Y DANZA CASTILLO DE NIEBLA. 2011

Naufragio en la bañera

LA CELESTINA, de Fernando de Rojas en versión de Eduardo Galán. Dirección: Mariano de Paco Serrano. Música: Tomás Marco. Intérpretes: Gemma Cuervo, Olalla Escribano, Alejandro Aréstegui, Santiago Nogués, Rosa Merás, Jordi Soler, Natalia Erice, Irene Aguilar y Juan Calot.

Democracia directa. El público, o una parte del público habitual del festival de Niebla, constituido en asamblea de admiradores y seguidores del dicho acontecimiento cultural, ha elegido entre tres distintas propuestas de la organización para seleccionar de entre ellas una que completara el cartel de este año. El público por mayoría eligió La Celestina, el clásico de Rojas en una versión de Eduardo Galán y que ha sido dirigida, por decir algo, por Mariano de Paco Serrano. El público soberano ha pinchado en hueso.

Se dejarían llevar por el pesado nombre de Gemma Cuervo, muchos años sobre las tablas, en un plató y sonriendo delante de las cámaras a un público que la adora, sobre todo desde que interpreta a personajes tiernos en televisión. Detrás de Gemma Cuervo venía todo lo demás, una obra tediosa y larga que mereció la más esmirriada tanda de aplausos que se recuerda del aplaudidor público onubense en las veintisiete ediciones de esta cita con el teatro y la danza. El público, puesto en pie al fin, después de dos horas y pico sentados en las que siguen siendo incómodas butacas de Niebla, aplaudió con cortesía a unos actores que habían hecho lo que buenamente habían podido para salvar una obra en la que la dirección de actores, por poner un ejemplo simple de seguir, no es que fuera malo o regular, sino que no existía, así de fácil. Un actor, o dos, actuaban, largaban su texto – con más fallos y equivocaciones de las deseadas – y el resto de actores a los que les tocara la tortura de estar en escena en ese momento, se quedaban allí plantificados, como estacas. También podríamos hablar de la chocante escenografía, probablemente comprada en el chino de la esquina, o del también inexistente ritmo de la obra, que sobresalta y descoloca al respetable, al mismo respetable público que para el año próximo debería dejar la responsabilidad de componer un buen cartel del teatro a la organización, que de todo esto algo deben de entender habida cuenta de los buenos carteles con que nos acostumbran a regalar año tras año. Aunque algo de culpa tienen también, pues al público soberano y solero que se ha erigido en conductor de la programación, se le dieron tres alternativas y ellos lo único que han hecho las criaturas, ha sido elegir una. La de la señora esa mayor tan simpática que sale en televisión. Y que conste que Gemma Cuervo es más, mucho más de lo que puede demostrar en esta Celestina tan apagadita y poco aprovechada. El resto del elenco también hace lo que puede, e incluso se sitúan con profesionalidad por encima del dislate que ha montado el director, para acudir en ayuda de un clásico al que se le pueden hacer unas dieciocho mil versiones y hacerlas todas buenas.

En todo caso, y para que no se vayan a casa con el beneplácito de la totalidad, querríamos recordar el monólogo final, histriónico y perdido, de Jordi Soler, como todo lo que en esta obra no tiene más remedio que navegar a contracorriente en esta puesta en escena hecha a retales, sin ritmo ni cadencia que la amparen. El suicidio de Melibea no tiene desperdicio y el parpajazo que se pega el Calisto ya ni les cuento, porque Socias, dando saltos y alaridos nadie sabe por qué razón y sin venir a cuento ni a guión, nos viene a decir que ellos, los actores, han venido a salvar lo que buenamente puedan de un naufragio que se veía venir desde la primera escena, cuando nos quedaban todavía dos horas y cuarto por delante. Un naufragio en la bañera. Ojú.

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Wednesday, March 23, 2011

Romper Libia

Hasta que los países ricos se metieron en Libia, éste era el país con el índice de desarrollo humano más alto de África, con la mayor renta per capita de ese asolado continente y con la más alta esperanza de vida, por ejemplo. No hablemos de nivel universitario, escolar, sanitario… Pero el coronel Gadaffi habrá cometido algún error cuando los países ricos han decidido acabar con su popularidad y hasta con su poderío sin poder. Me explico, el coronel en realidad no gobierna, vela por los valores revolucionarios, que es parecido, pero no lo mismo.

No voy a hacer un panegírico de semejante elemento, pero sí a dejar aquí constancia de que Libia no es lo que nos están pintando. Ni mucho menos. Al final (y recuerden esto, aunque aquí quedará escrito) Libia se romperá en dos. Una Libia libre, al este, donde dominarán los demócratas estos que sirven los intereses occidentales, con un dominio evidente sobre la zona petrolífera que dividirá, curiosamente, a las dos partes resultantes. Al oeste y al sur, el coronel y sus partidarios conservarán el control. Lo que no queda claro es si Gadafi podrá mantener el nivel de vida de sus ciudadanos con menos de la mitad del petróleo que en la actualidad controla. También menos ciudadanos y menos territorios, es cierto, pero en el reparto no va a quedar bien el hombre. Qué se le va a hacer. Es evidente que no puede oponerse por la fuerza de las armas a los Usa y resto de amiguetes, incluída la España zapateril o del Rajoy, que habría hecho lo mismo.

Otro dato antes de irme, que tengo cosas que hacer. En Irak, pasó lo mismo. Con paraguas de la Onu o sin paraguas, Irak era un país con iguales condiciones de desarrollo, laicismo, educación, sanidad y … ay… fuerza militar. De ahí que se cargaran a Sadam como ahora quisieran cargarse a Gadafi, pero este sigue siendo fuerte y popular en buena parte del país. En fin, que Alá se ponga al lado de las fuerzas del bien, que creo que no son las españolas. Zeropatatero nos ha metido en otra guerra, y ni Llamazares, absolutamente fuera de control, ni el demagogo gallego han sabido pararle los pies o por lo menos decirle cuatro cosas al nota. La política española, plena de mediocres, ya sabíamos que era lo que es, un horror. Condios o con Alá, troncos.

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